Ciertos colores, ciertos olores y ciertos sonidos escapan siempre a nuestra especie, dado que nuestra fisiología nos impide percibirlos: un pintor no puede pintar con infrarrojos, un músico no puede componer con ultrasonidos, un perfumista no puede crear un perfume con moléculas olorosas que sólo su perro es capaz de oler. Así, la variabilidad individual y colectiva de nuestras experiencias sensoriales se despliega entre ciertos límites infranqueables y naturalmente condicionados. De ahí que la cuestión central de la antropología sensorial gire en torno a la posibilidad de una focalización cultural de sensaciones en el interior de esos límites.