Desde sus orígenes, la medicina ha oscilado entre dos tendencias opuestas en
cuanto a sus concepciones: una basada en el análisis específico y mecanicista
de la enfermedad que busca minuciosamente la lesión anatomoclínica y otra
que concibe la enfermedad como una reacción global de la persona
(incluyendo su temperamento) y que, por tanto, tiene en cuenta los aspectos
psicológicos. Esta última concepción holística y dinámica prefigura el
acercamiento psicosomático moderno.